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¿Dónde conversan los hombres? Paternidad, vulnerabilidad y la ausencia de espacios de apoyo entre pares
por Alfredo Carrasquillo

He visto cómo, a lo largo de las últimas décadas, han florecido comunidades, redes y espacios de diálogo para mujeres ejecutivas y profesionales. En la medida en que se reconfiguran las relaciones de género y se construyen escenarios de mayor equidad, dichos espacios se han convertido en entornos seguros en los que las mujeres acompañarse. Lugares donde pueden vulnerarse, compartir sus dilemas de conciliación y sostenerse mutuamente en la difícil tarea de equilibrar ambición profesional, cuidado familiar y realización personal.
Estas iniciativas —círculos de mentoría, redes de liderazgo femenino, espacios de networking con perspectiva de género— no solo son valiosas, sino también necesarias para impulsar cambios culturales profundos. Han permitido visibilizar lo que antes se vivía en silencio: la tensión constante entre la exigencia del mundo laboral y las demandas de la vida personal y familiar, cuando los referentes de generaciones previas no son muy útiles.
Sin embargo, cada vez que acompaño a líderes hombres —principales oficiales ejecutivos, gerentes generales, altos directivos, emprendedores— me surge la misma pregunta: ¿Dónde conversan ellos? ¿Dónde pueden explorar sin reservas su deseo de ser padres presentes, la presión de ser proveedores que persiste a pesar de los cambios, el miedo a fallar en alguno de los múltiples roles que hoy se espera que desempeñen? Muchos de esos ejecutivos con los que trabajo me confiesan que no encuentran esos espacios con sus pares.
Si bien existen múltiples escenarios donde los hombres se reúnen —el club de golf, la cancha de tenis, el bar, las cenas de negocios, foros como WPO para hablar de estrategias y resultados, y para espacios de desarrollo profesional—, la mayoría de estos lugares perpetúan la lógica de la competencia, el logro y la imagen de fortaleza.
Socializan, sí. Generan alianzas, sí. Se divierten, sí. Pero pocas veces se habilitan entornos seguros y amables para la vulnerabilidad. Hablar de sentimientos, de miedos, de dudas, de la soledad que implica muchas veces liderar o sostener a una familia, de los desafíos de navegar un escenarios de nuevas coordenadas en las relaciones de género, no siempre tiene cabida en estos espacios.
Paradójicamente, cada vez más hombres expresan en sesiones de coaching su deseo de estar más presentes en la vida de sus hijos, de ser compañeros corresponsables en el hogar, de cuidar de su propia salud mental. Y, sin embargo, sienten que no tienen a quién contarle que a veces no saben cómo hacerlo.
¿Qué pasa cuando un líder no tiene con quién compartir estas inquietudes, más allá de sus sesiones de coaching o espacios de terapia? Muchas veces lo que se observa es aislamiento emocional, dificultad para pedir ayuda, cargas que se llevan en silencio y que se vuelven insostenibles. El peligro de replegarse a hábitos desfasados de masculinidades patriarcales y convencionales emergen como riesgos poco saludables.
No se trata de victimizar, sino de nombrar una realidad: así como las mujeres han necesitado conquistar espacios para visibilizar sus retos, los hombres también necesitan reconocer y resignificar su propia vulnerabilidad. La masculinidad tradicional —la del que no llora, no duda, no se quiebra— ya no encaja con las expectativas de las nuevas paternidades ni con modelos de liderazgo más humanos y conscientes.
En algunos países han surgido iniciativas y retiros donde hombres se reúnen para compartir oficios y, de paso, conversar sobre sus vidas, círculos de paternidad activa o comunidades de masculinidades positivas. Aunque prometedoras, estas propuestas siguen siendo la excepción y están lejos de convertirse en una red robusta y normalizada.
En entornos organizacionales, todavía es raro ver espacios donde los hombres puedan conversar abiertamente sobre conciliación, cuidado o miedos sin temor a ser percibidos como “menos comprometidos” o “frágiles”. La pregunta que queda es: ¿qué se necesitaría para crear estos espacios?
En tiempos donde hablamos cada vez más de bienestar integral, empatía y liderazgo humano, vale la pena preguntarse:
- ¿Qué tan preparados están los entornos de trabajo para sostener conversaciones incómodas, pero necesarias, sobre vulnerabilidad masculina?
- ¿Qué pasa cuando un directivo quiere tomar una licencia de paternidad larga o pedir flexibilidad horaria para cuidar de su familia?
- ¿Cómo podemos promover redes de pares, mentorías y modelos de rol que incluyan la dimensión de la corresponsabilidad, la equidad de género y la presencia afectiva?
Porque el desafío no es solo individual: es cultural. Implica legitimar una nueva forma de conversar entre hombres, abrir espacios donde se pueda decir “no puedo solo” y normalizar la idea de que pedir apoyo es también una fortaleza.
Quizá la respuesta está por construirse. Y quizás cada uno de nosotros —como líderes, colegas, coaches, padres, amigos— tiene un papel en abrir la puerta a esas conversaciones que rompen estereotipos y generan comunidad.
Mi invitación es simple: reflexionemos sobre cómo queremos acompañarnos. Qué espacios podemos crear para sostenernos en los múltiples roles que hoy desempeñamos. Y cómo podemos reconocer que, para liderar mejor y crecer como seres humanos, también necesitamos ser escuchados.